A portagayola
En el día de hoy, el Periódico Extremadura publica la noticia sobre la inminente votación que decidirá la continuidad o el pase al banquillo de las vaquillas de San José, y que se celebrará en el seno de la Asociación de Vecinos de nuestro barrio. Como quiera que soy vecino, pero no asociado, y que me resulta un esperpento conocer que el 80% de la subvención que recibe la asociación (5.000 €) se va en estos 'sensatos y necesarios menesteres', me tomaré la licencia de recuperar un artículo publicado por la Asociación Cívica Ciudad de Badajoz, no sea que alguien pueda pensar que las asociaciones hablan por boca de todos. Juzguen ustedes.
Me
van a permitir el desliz —mis vecinos del barrio, digo—, y que me perdonen llegado el
caso,
pero este texto me lo suscribo solito. No por insana vanidad, ni mucho menos,
sino porque el tema tiene su miga y no quiero que nadie reciba una cornada por
mi culpa. Esto es cosa mía, y va de toros. O de vaquillas, tratándose del Casco
Antiguo. Verán.
A mí lo de la
tauromaquia ni me gusta ni me deja de gustar. Es algo con lo que crecí, siendo yo
niño y tan normal en las tardes de domingo de la “2”, mucho antes de que los toreros
fueran los proscritos y los colectivos semidesnudos del televisor, teñidos hasta
la golilla con vete tú a saber qué pringue roja, los justicieros abnegados de los
bovinos. Mi abuela se embelesaba viendo a los valientes maestros salir al coso,
y sonreía encantada, y sufría y se emocionaba con el lance —de
poder otra vez, ahora me habría comido a besos cada arruga de su cara de vieja—, y
claro, eso es algo que está muy arraigado en mis entrañas. Lo respeto, por
tanto, aunque he de confesar que me aburren soberanamente. Pues bien. Llega San
José y con ella las vaquillas del Casco Antiguo. Otra vez. Y por ahí no paso
sin pegar un capotazo.
Que no es
porque las vaquillas sean deplorables, ni lo dejen de ser, ni siquiera porque
atenten contra los derechos animales o supongan una fiesta arraigada en el
pasado. Ni por mi abuela. No. Es porque hay tanto que hacer en este barrio
nuestro que sacar unas vaquillas a paseo se me antoja un disparate. Y qué mejor
escaparate que las ruinas que nos circundan –digno coso para tal despropósito-,
cuando los solares están colmados de basura, cuando los vecinos se nos marchan expropiados
o derrotados a otras plazas, cuando los “cabestros” campan a sus anchas, cuando
los parques piden a gritos que se les mime, cuando las calles suponen
obstáculos y los turistas murmuran por cuanto ven y palpan. Si tuviera que
torear en este ruedo, me sobra el traje de luces y la chicuelina. Bagatelas. Porque
los morlacos son esos otros, los que afean la plaza y la colman de tristeza, y
no las pobres vaquillas que servirán de asueto por un rato, mientras a su
alrededor décadas de abandono las contemplan. ¿Que una cosa no quita a la otra?
¡Que venga Dios y lo vea! He visto más vaquillas en estos años que papeleras
hay en medio barrio. Al Casco Antiguo se tiene que venir fiero, a torear
miserias, porque es necesario, es de justicia y es nuestro.
Y ahora que suenen
los clarines y lluevan las cornadas, y lo que tenga que ser. Es lo que tiene
salir al ruedo. Pero prefiero mil veces un columpio más para nuestros hijos, un
contenedor soterrado, o una mísera papelera, que la misma esperpéntica vaquilla
de siempre.
¡Va por
ustedes!
Luis Pacheco.
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